Scott
Anthony
HUMO
Confesiones de un contrabandista de habanos
TIERRA. SOL. DESAFIO. DESEO
En la década de 1990, el interés estadounidense por los habanos alcanzó niveles históricos y Scott Anthony estaba en el centro de todo. Líder de un imperio clandestino de habanos, Scott nació en un mundo de recursos escasos y pocos modelos a seguir, donde unirse a una pandilla callejera era fácil y evitar la cárcel, difícil.
© 2021
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Scott Anthony
Scott Anthony construyó un imperio clandestino con el contrabando de habanos, realizando más de sesenta viajes a La Habana y moviendo millones en mercancía en el mercado negro. Criado en las calles de Chicago, pasó de una juventud problemática a líder de pandillas, aprendiendo a sobrevivir a duras penas en un mundo de peligro y traición. Su vida se convirtió en una apuesta arriesgada: cruces de fronteras, sobornos y mudanzas que podían costarle todo. Tras años como fugitivo, Scott se rehízo en México abriendo gimnasios, representando a boxeadores de talla mundial y dirigiendo negocios con cientos de empleados. Boxeador, kickboxer, artista marcial de toda la vida y estudiante de jiu-jitsu, ahora cuenta su historia.
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HUMO
TIERRA. SOL. DESAFIO. DESEO
En la década de 1990, el interés estadounidense por los habanos alcanzó niveles históricos y Scott Anthony estaba en el centro de todo. Líder de un imperio clandestino de habanos, Scott nació en un mundo de recursos escasos y pocos modelos a seguir, donde unirse a una pandilla callejera era fácil y evitar la cárcel, difícil.
La historia de Scott es una de riesgo y recompensa, negocios turbios y playas soleadas, artesanía meticulosa y criminalidad descarada. En Humo, Scott comparte esta historia y cómo, con una persistencia inquebrantable, desafió fronteras, leyes y moralidad para brindar una muestra de lujo prohibido a quienes lo ansiaban. Descubre cómo un joven criado en las calles de Chicago transformó una vida al margen de la ley en un camino de redención, impulsado por su ingenio y determinación para abrirse paso en el mercado negro.
Bienvenido a salones llenos de humo donde la historia, el crimen y el hedonismo se cruzan. Humo es una autobiografía que no querrás dejar pasar.
HUMO
Capítulo 1
PREFACIO UN LUJO PROHIBIDO
A principios de febrero de 1962, apenas unas horas antes de firmar el embargo comercial de Estados Unidos contra Cuba, el presidente John F. Kennedy tenía un último pendiente: un asunto personal. Llamó a su secretario de prensa, Pierre Salinger, y le dio una misión muy específica: «Consígueme todos los puros cubanos que encuentres y hazlo antes de que amanezca». Salinger recorrió Washington como un hombre poseído y regresó con cerca de 1200 H. Upmann, los favoritos de Kennedy. Al día siguiente, con su dotación bien resguardada, Kennedy tomó la pluma y firmó la orden que cortaría las importaciones cubanas durante décadas.
El embargo nació de las cenizas de la Revolución cubana. En 1959, Fidel Castro derrocó al corrupto régimen de Batista, alineando a Cuba con la Unión Soviética en el punto más álgido de la Guerra Fría. La tensión entre ambos países escaló rápido. La nacionalización de empresas estadounidenses por parte de Castro y el fiasco de Bahía de Cochinos en 1961 llevaron a Kennedy a romper relaciones diplomáticas. El embargo, formalizado mediante la Ley de Asistencia Exterior de 1961 y ampliado en 1962, aisló económicamente a la isla y debilitó al gobierno castrista.
Pero para los aficionados al tabaco, el embargo no fue solo una maniobra geopolítica; fue un sacrilegio. Cuba, considerada desde siempre la meca de la elaboración de puros, había cultivado una mística en torno a su tabaco. La fértil región de Pinar del Río producía las mejores hojas, que luego eran trabajadas por «torcedores» cuya destreza rozaba el arte. Para los estadounidenses, los puros cubanos eran más que un lujo: eran un emblema de estatus, poder y sofisticación.
El embargo aniquiló el comercio legal de puros cubanos de la noche a la mañana. Los minoristas se apresuraron a liquidar sus inventarios, mientras que los aficionados acapararon sus reservas como si fueran raciones de guerra. El vacío que dejaron los habanos abrió la puerta para que otros productores entraran al mercado, sobre todo en la República Dominicana, Nicaragua y Honduras. Estos países adoptaron semillas cubanas y emularon las técnicas tradicionales, con lo cual dieron origen a la industria del tabaco del «Nuevo Mundo». Aunque estos puros ganaron cierta respetabilidad, los puristas siempre los despreciaron como simples imitaciones que solo perseguirían eternamente el encanto inalcanzable del puro cubano.
Mientras tanto, Cuba sacó provecho de su recién estrenada exclusividad. El monopolio estatal del tabaco, Cubatabaco, convirtió al puro en un símbolo de resistencia contra el imperialismo estadounidense. Poseer o fumar un habano se transformó en un sutil acto de rebeldía, un guiño silencioso a los placeres prohibidos.
Ante la persistente demanda, el embargo dio vida —sin quererlo— a un próspero mercado negro. Contrabandistas, intermediarios y falsificadores entraron en escena, y crearon una economía en la sombra que se extendía desde las fábricas de La Habana hasta los salones privados de los ejecutivos de Wall Street. Los puros cubanos se volvieron contrabando; su escasez e ilegalidad no hicieron más que aumentar su prestigio.
La logística del contrabando era tan variada como los personajes involucrados. Algunos traficantes operaban a pequeña escala, escondiendo cajas de puros en sus maletas al regresar de vuelos procedentes de Canadá, México o Europa, países que no se veían afectados por el embargo. Otros orquestaban operaciones elaboradas que incluían barcos pesqueros, contenedores de carga y valijas diplomáticas. No obstante el método, las etiquetas apócrifas y los puros falsificados que inundaron el mercado borraron la línea entre lo auténtico y lo fraudulento.
Como era de esperarse, el crimen organizado tomó cartas en el asunto. La rentabilidad del contrabando de puros cubanos atrajo a las mismas redes criminales que traficaban con drogas y armas. En las décadas de los 80 y 90, las operaciones se volvieron cada vez más sofisticadas. Miami se convirtió en el epicentro de esta actividad ilícita; los cargamentos solían pasar por los laberínticos puertos y almacenes de la ciudad. Los distribuidores forjaron alianzas con gente infiltrada en la isla, sobornando a trabajadores de las fábricas y a oficiales de aduanas para garantizar un suministro constante.
Entre los casos más sonados estuvo la Operación Smoke Ring, una investigación conjunta realizada entre 1996 y 1997, liderada por el Servicio de Aduanas de EE. UU. en colaboración con el Servicio de Inspección Postal, el Departamento de Policía de Miami-Dade y la Fiscalía del Estado de Florida. La operación desmanteló una red que movía miles de habanos auténticos desde Centroamérica hacia Estados Unidos, lo que derivó en arrestos y procesos judiciales bajo la Ley de Comercio con el Enemigo y el artículo 18 U.S.C. § 545.
Uno de los juicios más emblemáticos de esa época fue el de Estados Unidos contra Richard M. Connors (Distrito Norte de Illinois). Connors, un abogado de Chicago, fue declarado culpable en 2002 por contrabandear puros cubanos a través de Centroamérica. Los cargos incluyeron conspiración, contrabando y violaciones a la Ley de Comercio con el Enemigo; finalmente, fue sentenciado en 2004.
En Nueva York, una redada coordinada en agosto de 1998 puso en la mira a clubes y restaurantes de Manhattan que vendían puros cubanos en violación de la ley. Los operativos incluyeron lugares como el Racquet & Tennis Club y el restaurante Patroon, y terminaron con el arresto tanto de gerentes como de varios compradores.
EL LEGADO DEL EMBARGO
A pesar del embargo —o quizás gracias a él—, los puros cubanos alcanzaron un estatus casi mítico en la cultura estadounidense. Aparecieron en el cine, la música y la literatura como símbolos de exceso y rebeldía. Desde el puro siempre presente de Tony Montana en Caracortada (Scarface) hasta los humos de celebración de los banqueros de Wall Street, los habanos se volvieron sinónimo de «la buena vida», aun cuando su adquisición legal seguía siendo un delito.
Esta mística también alimentó a una comunidad clandestina de aficionados. Clubes privados de puros y locales tipo speakeasy1 atendían a quienes estaban dispuestos a pagar un sobreprecio por auténticos habanos. Los coleccionistas intercambiaban cajas como si fueran piezas arqueológicas, con todo y registros de procedencia y condiciones de almacenamiento meticulosas. Para estos devotos, el riesgo de ser procesados no era nada comparado con el placer de encender un puro cubano de regalía perfectamente torcido.
El embargo a Cuba ha perdurado por más de seis décadas, sobreviviendo a innumerables debates, reformas y administraciones presidenciales. Aunque su eficacia como estrategia geopolítica sigue siendo objeto de controversia, su impacto en la industria del tabaco es innegable: creó un ecosistema de innovación, falsificación y contrabando que transformó para siempre el mercado mundial del puro.
Hoy en día, los puros cubanos siguen siendo contrabando en los Estados Unidos, aunque la flexibilización de las restricciones de viaje durante la administración de Obama permitió brevemente que los estadounidenses trajeran pequeñas cantidades para uso personal. Aun así, el mercado negro persiste; sus raíces son demasiado profundas para ser erradicadas solo con cambios de política.
Este libro se adentra en el mundo clandestino del contrabando de puros cubanos durante la década de los 90, una época en la que la fiebre por el tabaco en EE. UU. alcanzó su punto máximo. Es una historia de riesgos y recompensas, de tratos en las sombras y playas soleadas engalanadas con mujeres hermosas siempre dispuestas; una crónica de artesanía meticulosa y criminalidad descarada. Es la historia de un hombre con un sueño y una persistencia inquebrantable que desafió fronteras, leyes y moralidad para llevar un toque de lujo prohibido a quienes lo anhelaban y estaban dispuestos a pagar generosamente por disfrutarlo.
Al pasar estas páginas, considere la ironía: un producto sencillo, nacido de la tierra, el sol y la destreza, se convirtió en un símbolo de desafío y deseo. Su viaje de Cuba a Estados Unidos es un testimonio del ingenio humano y del eterno encanto de lo prohibido. Bienvenidos a las habitaciones llenas de humo donde la historia, el crimen y el hedonismo convergen.
Capítulo 2
CAPÍTULO 1 BIENVENIDO A LA REALIDAD
No supe que éramos pobres sino hasta los catorce años. Antes de eso, nunca le di mucha importancia. La mayoría de las personas a mi alrededor vivía de la misma forma, o tal vez simplemente yo no entendía qué tan mal estábamos en realidad.
Alguna vez vi un video de unos jóvenes en un campo de futbol. Les pedían que se alinearan y dieran dos pasos al frente por cada afirmación que se cumpliera en su caso: «Tus padres siguen casados», «Nunca tuviste que preocuparte por tu siguiente comida», «Tuviste un tutor privado». Mientras lo veía, me di cuenta de mi verdad. Algunos en el grupo avanzaban rápido, otros se quedaban a la mitad. ¿Yo? Yo me habría quedado al último, parado justo donde empecé.
Mi padre se fue cuando yo tenía cuatro años. Mi madre trabajaba en lo que fuera por un salario mínimo, y mi abuelo —la única figura masculina en mi vida— murió cuando yo tenía siete. Para cuando cumplí los ocho, mis dos abuelos ya habían fallecido. Fue entonces cuando, prácticamente, me fui a vivir a la calle de tiempo completo.
No tuve un hermano mayor, ni un padre, ni una guía real. Mi madre me amaba, pero no tenía idea de cómo criar a un niño, en especial a uno como yo. Todavía recuerdo el día que llegó a casa de un banco de alimentos con una caja de provisiones: leche en polvo, un bloque de queso y algunos productos enlatados. Yo estaba emocionado, desempacando y jugando con los «regalitos». Entonces vi cómo ella se desplomó de rodillas y se echó a llorar.
No teníamos coche. No teníamos aire acondicionado en los sofocantes veranos de Chicago. En invierno, apenas si teníamos calefacción. Faltaba tanto a la escuela que apenas sabía leer o escribir. Cuando llegaba a ir, casi siempre estaba metido en problemas: peleando, haciendo transas o simplemente mandándolo todo al carajo. En consecuencia, me mandaron a escuelas para jóvenes con problemas, pero me expulsaron de todas. Además, ninguna estaba en mi colonia, lo que hacía que el trayecto fuera peligroso; cruzar al territorio de otra pandilla podía costarte la vida.
A los nueve años ya me habían arrestado; mi primera detención fue por robar un radio de banda civil de un coche. Estaba en una pandilla, me hice mi primer tatuaje a los diez, y poco después empecé a fumar cigarros y a beber. Luego siguió la mota y después drogas más fuertes. Me volví bueno para los robos a casa habitación a plena luz del día; la mayoría de la gente no estaba en casa, así que era fácil.
Presencié mi primer asesinato a los trece. Sucedió durante una campal contra una pandilla rival. Vi cómo un tipo mayor que yo conocía apuñalaba a otro chavo hasta matarlo con mi filero. Desde los doce ya había visto a gente inyectándose droga frente a mí. En mi mundo, eso era lo normal.
Todos éramos niños del lado equivocado de la ciudad, cada uno con su propia historia de mala suerte. Mi mejor amigo, Kevin, se disparó por accidente en la cabeza con una .38 cuando tenía trece años. Llegó muerto al hospital. Esto me afectó profundamente. Yo era demasiado joven e ignorante para entenderlo, pero el daño fue interno y severo. Él había sido uno de mis amigos más cercanos desde que nací.
Mi primera novia se embarazó cuando ella tenía trece años y yo apenas doce. Me odió por eso y me lo recriminó durante años. En aquel entonces, yo no entendía nada de lo que estaba pasando.
A los catorce, ya lideraba una sección importante de una pandilla de Chicago. Estábamos armados con bates de béisbol, cadenas y nudilleras de metal, cuchillos y hasta un par de pistolas. Peleábamos a diario; a veces, más de una vez al día. Yo estaba totalmente metido en la vida de la calle.
Cuando mi madre nos mudó a un suburbio, me sentí como un bicho raro. Caminaba distinto, vestía distinto y hablaba con puras palabras de barrio. Yo era un malandro en un mundo de niños bien y deportistas. De alguna manera logré adaptarme y aprendí lo suficiente para graduarme de una buena preparatoria, pero después de eso, me quedé estancado. Nadie me orientó hacia la universidad o una carrera. Estaba solo otra vez. Y la calle me estaba llamando.
Me clavé de lleno en el crimen organizado; se me daba de forma natural. A los diecisiete, asalté a mi primer dealer: un golpe fuerte que me marcó un nuevo camino. El dinero llegaba rápido y me lo gastaba igual de rápido. Tenía coches, ropa y mujeres. Armé una banda de amigos cercanos y leales, y controlábamos el barrio como si fuera nuestro. Durante los siguientes cinco años, atraqué a treinta y dos narcotraficantes pequeños a punta de pistola; tumbaba puertas y me llevaba lo que quería. Pensé que tenía al mundo «agarrado por los huevos».
Mi caída comenzó en 1984, después de un gran tiroteo con la Policía de Chicago tras un trato de drogas que salió mal. Tenía a todos encima: los federales, la policía local... todos me tenían en la mira. Logré aguantar hasta principios de 1987, cuando me atraparon moviendo varios kilos desde Miami. Ese año me convertí en fugitivo. Corté todos mis lazos y me di a la fuga. Terminé en México. Años después, mi esposa hizo un comentario que se me quedó grabado. Dijo que la mayoría de los jóvenes de hoy son blandos; «unos maricas», según sus propias palabras.
Le hablé de los espartanos; de cómo separaban a los niños de sus madres a los siete años para enviarlos al entrenamiento guerrero. Ella me dijo: «Eso fue lo que te pasó a ti. Cuando tu abuelo murió a tus siete años, la calle te reclamó. Ese fue tu entrenamiento de guerrero para la vida que te tocaría enfrentar». Tenía razón. Ese es quien soy. Ese fue el camino que recorrí antes de contrabandear mi primer puro cubano. Y si quieres entender cómo construí un imperio clandestino de puros de millones de dólares, primero tienes que entender al guerrero que forjó la calle.
Tengo un dicho:
NO CRECÍ RODEADO DE MODELOS A SEGUIR. SIMPLEMENTE CRECÍ RODEADO DE PERSONAS A LAS QUE SABÍA QUE NO QUERÍA PARECERME.
UNA LLAMADA DE ATENCIÓN
El mundo real era un lugar extraño para mí; otro planeta. Los suburbios, en particular, me resultaban alienígenas. Hasta ese día, no sabía de verdad cuál era mi lugar en la jerarquía social.
Había conocido a un tipo llamado Phil que tenía una hermana muy guapa, Becky. Fui a su casa en Evanston, un suburbio a las afueras de Chicago, donde yo vivía en ese entonces. Pregunté por Phil, pero en realidad esperaba ver a Becky. Me invitaron a pasar y me quedé esperando con sus dos hermanas pequeñas, de unos ocho y diez años.
Tras apenas unos minutos de platicar con ellas, me di cuenta de que ya eran más listas y educadas que yo. Sabían de cosas de las que yo no tenía ni la menor idea: países del mundo, continentes, eventos actuales. Cosas reales. Lo bueno fue que eran lo suficientemente jóvenes e inocentes como para no notar que yo era, en pocas palabras, un cavernícola. No pasé una vergüenza pública, pero por dentro me estaba muriendo. Sabía la verdad y me caló hondo: yo solo era un niño de la calle del otro lado de la ciudad; del lado feo, pobre y gris.
Aquel no fue un momento trivial. Fue una revelación, una llamada de atención. Tenía catorce años y, justo en ese momento, me di cuenta de que no quería crecer para ser un estúpido. Supe que era hora de poner en orden mi vida. Necesitaba regresar a la escuela.
No fue un cambio de la noche a la mañana; las malas mañas son difíciles de quitar. Me arrestaron, me llevaron ante un juez y quedé bajo custodia del Estado; seguía siendo un delincuente juvenil con todas las de la ley. Pero, una vez más, sentí la mano de Dios sobre mi hombro. Le supliqué a la corte que me diera una oportunidad más. Le hablé de aquel encuentro con las dos niñas y de la revelación que tuve después. Le dije que no quería crecer siendo un ignorante. Me escucharon.
Me dieron una última oportunidad. Era viernes. Si no me presentaba en la escuela el lunes siguiente, se emitiría una orden de aprehensión y me encerrarían para siempre.
A partir de ese momento, me obligué a estudiar. Empecé a educarme por mi cuenta. Y de nuevo, la mano de Dios —o algo parecido— estuvo conmigo. Esta vez se manifestó en la forma de Mike Lindenmayer. Él era unos años mayor y había intentado por mucho tiempo que yo me enderezara. Durante meses, se apareció en mi casa todos los días hasta que me acostumbré a despertarme por mi cuenta. ¿Un santo enviado para rescatarme? Tal vez.
En mi primer día de regreso a clases, vi a una mujer. No sabía quién era en ese momento, pero ella representaba todo lo que yo no era. Era hermosa, educada, sofisticada y vestía bien. Una mujer de verdad. Alguien fuera de mi alcance, y no me hacía ilusiones. Pero justo ahí, encontré una razón para subir la vara. Ella fue, probablemente, mi tabla de salvación. Fue enviada por Dios; de eso no tengo duda. Ha sido la mayor influencia positiva en toda mi vida. De no haber sido por ella, tal vez yo no habría cambiado.
Me guio a través de muchas adversidades y se convirtió en mi luz. Ella me enseñó la importancia de alimentarme bien —comida sana y nutritiva—. Me inspiró a entrenar; no solo a pelear, sino a ganar músculo y resistencia de verdad. Fue mi primer acercamiento a gente de otra clase. Ella me dio la primera probada de amor propio. Mi primer sentido de la dignidad. El primer vistazo a un futuro mejor. Me mostró lo que podía llegar a ser, y eso nunca lo olvidaré.
A través de ella, vislumbré una vida que ni siquiera sabía que existía. Me presentó a hombres de verdad —no a maleantes de barrio—, sino a hombres dueños de empresas, con carreras, que construían cosas. Yo no conocía nada de eso. Claro, tenía algunos familiares que eran personas decentes, de clase media, pero vivían en otras zonas. Nosotros estábamos atrapados en el corazón del barrio.
En las calles, uno desarrolla un sexto sentido para la supervivencia; al menos yo lo hice.
Y soñaba con otra vida. Una vida mejor. Pero ¿por dónde empiezas? ¿Cómo logras siquiera salir de ahí? Yo era un bato de la calle, sin padre, rodeado de un montón de tipos iguales a mí... con un tatuaje de «nacido para perder» grabado en el alma. Pandillas y delincuencia, eso era lo único que realmente conocía.
A pesar de toda la violencia, tenía una red de amigos y aliados en otras pandillas. Nuestras vidas en aquel entonces quedaron plasmadas a la perfección en dos películas. Si alguna vez viste The Warriors, así éramos nosotros las veinticuatro horas del día: tensión constante, movimiento constante. A los catorce años, ya me habían arrestado al menos cuarenta veces. Todos los policías de mi colonia se sabían mi nombre. La otra película era Bad Boys, con Sean Penn —filmada en Chicago—; esa también me llegó hondo.
Pero hubo algo que sí se me quedó grabado. Solía poner una canción una y otra vez: In the City, de Joe Walsh; la que sale al final de The Warriors. Esa canción era mi vida porque capturaba a la perfección el sentimiento de crecer en las calles: sin esperanza, sin salida, sin nadie que viniera a salvarte. Joe Walsh puso en música lo que miles de nosotros estábamos viviendo y muriendo en silencio. Si nunca la has oído, ve a escucharla. No es solo una canción; es una historia de supervivencia con una guitarra de fondo.
Como sea, estaba lejos de ser un flojo. Siempre trabajé. Tuve muchos empleos e incluso de niño siempre me las arreglé solo. No andaba de huevón y podías contar conmigo. Nunca me despidieron, ni una sola vez en mi vida. No era esa clase de pendejo. Lavé platos, repartí periódicos, trabajé en la construcción, pinté casas, enceré carros, paleé nieve en invierno y corté el pasto en verano. Fui auxiliar en un edificio corporativo y empaqué bolsas, acomodé estantes y limpié pisos en una cadena grande de supermercados. Nunca me quejé.
Pero aquí está la verdad: nunca vas a salir adelante en la vida siendo simplemente un «empleado», un obrero. Tienes que educarte y partirte el lomo trabajando.
No tengo duda de que alguien me estaba cuidando —protegiéndome—, una fuerza más grande que yo. Dios, tal vez. Un ángel. Un espíritu. Algo me mantuvo con vida. Yo debería estar muerto. Me enfrenté a la muerte —o a la cadena perpetua— más veces de las que puedo contar. Y estoy seguro de que hubo muchísimas otras de las que ni siquiera me enteré.
LA VERDAD
Para cuando cumplí veintitrés años, ya me estaban buscando la DEA, la ATF, el FBI, el Servicio Secreto, los US Marshals e incluso la Interpol. Había sido un tipo muy malo. Estaba moviendo mercancía pesada —traficando droga de Miami a Chicago— y contrabandeando armas de todo tipo. Había múltiples investigaciones federales en mi contra por narcóticos, moneda falsificada y violaciones a la ley de armas.
En Chicago, armé una banda organizada de expandilleros que conocía desde que éramos niños. Estábamos dando golpes grandes –camiones blindados y joyerías– a otros traficantes rivales. Algunos decían que en ese entonces éramos los dueños del barrio. Teníamos los mejores carros, a las mujeres más guapas y los bolsillos retacados de billetes. Para un puñado de morros que venían del lado equivocado de la ciudad, eso era haber triunfado.
Pero todo se detuvo de tajo a principios de 1987. Me detuvieron en una autopista de Georgia cuando venía de regreso de Miami. El camión iba cargado de cocaína. Me eché a correr y logré escapar. Pasé tres días durísimos huyendo por el bosque. Por suerte, siempre me había mantenido en excelente forma física. Logré volver a Chicago, pero el ambiente ya era otro. El acoso de la ley era real; podía sentirlo. Sabía que tenía que irme.
Mi amigo de la infancia, y una de las pocas personas en las que confiaba a ciegas, David Bonomo, estaba refundido en una celda de la cárcel del condado de Peach. Yo ya era oficialmente un prófugo de la justicia. David se quedó encerrado unos seis meses antes de que su papá lograra sacarlo bajo fianza. Él se echó la culpa por mí en muchas ocasiones y nunca se rajó. David Bonomo es un hombre hecho y derecho, un gánster de verdad, que aguantó muchísimas madrizas de la policía y jamás soltó la sopa.
Conseguí el número de su abogado y le llamé. Le pregunté:
—Si pudiera darle un consejo a Scott, ¿cuál sería?
Él me respondió:
—Scott debería mantenerse escondido por cinco años. Ese es el tiempo que tardará en desecharse el caso de David. Si Scott logra evitar que lo atrapen, también tendrá una oportunidad mucho mejor.
Y lo hice. Me mantuve oculto durante cinco años.
México se convirtió en mi objetivo. Pero cometí un error: se lo conté a un par de sujetos de mi banda. En las calles, cada quien jala para su lado, y ellos me traicionaron, y gacho. Me sentía desamparado. No podía quedarme por ahí. No tenía opción: o me atrapaban tarde o temprano, o me largaba a México. Así que me fui.
Mi vida, a los quince años, mejoró con apenas unos cuantos hábitos nuevos: comer sano y levantar pesas. Entrenaba todo el tiempo: corría, andaba en bici, boxeaba y practicaba artes marciales. No desperdiciaba mi tiempo como otros chavos de mi edad. Lo mío era el ejercicio, el dinero y las mujeres... en ese orden. Tenía un empleo, pero ninguna noción real sobre el dinero o el mundo de verdad. El fisicoculturismo y el fitness se volvieron parte de mi identidad. Estaba musculoso, marcado y macizo. Ya para entonces estudiaba nutrición y comía saludablemente.
¿Podrías llamarlo un sueño? Tal vez. En definitiva podía hacer que sonara como uno cuando hablaba de ello con pasión y entusiasmo. De perdida eso era algo positivo de qué hablar.
Soñaba con tener mi propio gimnasio desde que tenía unos dieciséis años. En aquel entonces, a mediados de los setenta, siempre aparecía el mismo anuncio al final de las revistas de fisicoculturismo: «Sé dueño de tu propio gimnasio». Debo haberlo visto unas cien veces. Era algo básico, rudimentario; nada que ver con los clubes deportivos tan elegantes que vemos hoy. El anuncio decía que costaba once mil dólares empezar.
Me sentaba a soñar despierto. A planear. A visualizar cada detalle.
Empecé a ahorrar, partiéndome el lomo, buscando la forma, robando y haciendo lo que fuera necesario para juntar dinero. Cuando por fin reuní el efectivo, compré el ejemplar más reciente de la revista… y el precio para ser dueño de un gimnasio había dado un salto hasta los treinta mil dólares. Así es la vida. No tenía ingresos importantes y no tenía ni idea de lo que implicaba tener un negocio, pero aún podía fantasearlo.
Estaba decidido. No solo iba a abrir un gimnasio; iba a construir el mejor. Uno que combinara todo lo que me apasionaba: levantamiento de pesas, boxeo y artes marciales mixtas, todo bajo un mismo techo. Era algo que nadie había hecho todavía.
A veces los sueños sí se cumplen. Mirando hacia atrás, parece que todos los astros se alinearon a mi favor. Me niego a aceptar que todas las personas especiales que se cruzaron en mi camino y me ayudaron, junto con toda esa buena fortuna, fueron una simple coincidencia. No puedo aceptarlo. Fue algo más.
Andaba huyendo, derrotado, sin nada, sin rumbo ni propósito. Entonces, la oportunidad cayó frente a mí: un gimnasio en venta. Fue amor a primera vista. Caí redondito, como un tonto enamorado.
En 1988, abrí mi primer gimnasio. De inmediato se convirtió en mi razón de vivir. Me absorbió por completo. Era lo único en lo que pensaba, día y noche. Bien pudo haber sido mi destino. Le puse todo mi corazón y mi alma. Era grande, no era la gran cosa, pero era mío.
Me había gastado casi todo mi efectivo para hacerlo realidad, pero era dueño del edificio: tres pisos, doscientos ochenta metros cuadrados, además de un lote adjunto de otros ciento veinte metros cuadrados. En cuanto subí las escaleras hacia la azotea, tuve una visión: «Voy a construir un departamento chingón aquí arriba». Y lo hice. Lo vi y lo hice realidad.
También construí en el lote baldío, añadiendo cuatro pisos completos, otros cuatrocientos ochenta metros cuadrados. Eso agotó mis ahorros. Le invertí todo lo que tenía. Y cuando terminé, no me quedaba mucho en el banco. Pero seguía teniendo grandes planes, y los grandes planes necesitaban dinero.
Aunque tenía mi propio gimnasio, no era suficiente para mí. Era ambicioso. Quería más. Ya había mezclado las pesas con el boxeo y las artes marciales, tal como siempre lo había imaginado. Pero todavía era algo pequeño. Yo lo quería en grande. Aún no sabía cómo, pero las ganas y el deseo estaban ahí.
Mientras me partía el lomo y levantaba mi negocio ladrillo a ladrillo, unos amigos en México viajaron a Cuba en 1990. Quería ir, pero no quería arriesgarme a tramitar un pasaporte con otro nombre. Tenía todos los papeles falsos y podría haberlo logrado, pero era un riesgo enorme. No era lo más inteligente que podía hacer, así que lo dejé pasar.
Cuando volvieron, contaron historias increíbles. Yo solo podía visualizarlo mientras hablaban; mi mente volaba con ese sueño.
Tenía envidia. Deseaba no tener esos problemas legales colgando sobre mí. Me contaron de las mujeres hermosas que había por todos lados y de lo fácil que era conocerlas. Estaban aisladas del resto del mundo, hambrientas de algo más que solo comida. Cuba acababa de perder el apoyo financiero de la Unión Soviética y la gente la estaba pasando mal. Por el momento, lo único que podía hacer era soñar con ir algún día.
Fue a principios de enero de 1992 cuando finalmente me rastrearon y atraparon. Había estado prófugo cinco años. En aquel entonces, a eso le decían «andar a salto de mata». Podrá sonar emocionante, pero en realidad es difícil, muy difícil. No es para cualquiera, y por lo general no les dura mucho a los estúpidos.
Yo aguanté mis cinco años, que era la meta que el abogado de David había fijado. Pero estaba cansado. Usaba alias, siempre cuidándome las espaldas. No había visto a mi familia. Los amigos eran aún más escasos. Si quieres durar mientras huyes, tienes que cortar todo lazo. Es algo frío y solitario.
No obstante, al final, me atraparon y me extraditaron a los Estados Unidos. Qué aventura. Me trasladaron de una cárcel a otra cada día durante unas tres semanas antes de aterrizar en Georgia, justo después de cumplir la marca de cinco años que necesitaba.
SR. GARWOOD
Sé cómo puede sonar esto, y cualquiera puede reírse si quiere, pero en el segundo en que lo vi, algo cambió dentro de mí. Se veía como la versión masculina de mi abuela paterna; era su viva imagen. Su hermano gemelo. Piel muy blanca. Ojos azules brillantes y penetrantes. Cabello rubio platino, casi blanco. Ese parecido me pegó fuerte. E instantáneamente, sentí algo que no había sentido en semanas: paz.
Fue como si acabara de ponerme en manos de algo divino. No me importa cómo lo llamen —hado, destino, Dios, ángel de la guarda—, era real. En ese momento, supe que estaba en buenas manos. Él era mi abogado, un abogado de verdad, honesto y compasivo, chapado a la antigua, de esos que ya no quedan.
Construimos una amistad basada en la confianza y el respeto mutuo. Él creyó en mí, incluso cuando no tenía por qué hacerlo. Incluso cuando yo todavía no creía del todo en mí mismo. Esa fe y ese cuidado… me cambiaron.
Sentado en esa cárcel de Georgia, encadenado y rodeado de caos, me hice una promesa a mí mismo: nunca más me volverían a arrestar. Había terminado con mi vida de criminal; no porque la ley me asustara; no porque hubiera encontrado a Dios en una celda; sino porque ya había decepcionado a suficientes personas en mi vida.
Y ahora estaba este hombre, este caballero sureño, callado y firme, que no tenía ninguna razón para jugársela por mí. Ninguna razón para ir más allá de su deber. Pero lo hizo. Me trató como si fuera de su familia. Me dio estabilidad cuando me estaba desmoronando. No solo peleó por mí en la corte; peleó por mi dignidad.
Nunca se lo dije. Jamás le hice una promesa dramática. Pero de ese día en adelante, cada vez que estaba cerca de recaer… cada vez que se me pasaba por la mente hacer algo que pusiera en riesgo mi libertad otra vez… me acordaba del Sr. Garwood. Y en su honor, no podía hacerlo. No iba a hacerlo. Le debía mi futuro a ese hombre.
Dieciocho meses después ya estaba de vuelta en las calles; casi libre. Me encontraba bajo libertad condicional federal por ocho años, reportándome cada cinco o seis semanas. La corte federal me otorgó un permiso de viaje general porque mi negocio y mi vida estaban fuera de los Estados Unidos.
Mientras me había estado escondiendo de todas las agencias gubernamentales de tres letras, también me había estado rompiendo el lomo trabajando. A diferencia de la mayoría de los criminales, yo tenía una gran ética de trabajo. Me había vuelto muy consciente del dinero y me esforzaba por controlar y limitar mis gastos. Había construido un negocio sólido; un negocio de verdad que generaba ganancias. No estaba rompiendo ningún récord mundial, pero era un trabajo honrado.
Era libre. Por primera vez en siete años, podía ser yo mismo otra vez. No más huidas. No más mentiras. No más nombres falsos.
En cuanto regresé a mi vida en México, remodelé mi negocio de inmediato. No quería solo un gimnasio; quería el mejor gimnasio.
Seguí construyendo. Entrenaba y representaba a boxeadores, algo que me encantaba, pero ese no era el camino para tener el mejor gimnasio del mundo. También me llevaba equipo de boxeo mexicano a los Estados Unidos en mis viajes de regreso. Aunque eso cubría mis gastos de viaje y me dejaba unos cuantos pesos, no era realmente un negocio; era nada más una chamba extra. Y la odiaba. Lidiar con peleadores y entrenadores no es cosa fácil.
Tenía que pensar en algo más. Sin embargo, se me estaban acabando las ideas y el crimen siempre estaba llamando a mi puerta. Eso era lo que yo conocía; me perseguía. Pero me resistí. Todo el tiempo tenía a esos dos demonios en mi hombro izquierdo y solo un ángel en el derecho. Mi corazón siempre estaba en pie de guerra. Los demonios me endulzaban el oído, mientras que el ángel me suplicaba.
Me había prometido a mí mismo que jamás volvería a la vida de la calle. No fue fácil; había pasado la mayor parte de mi vida en ella. Pero también había hecho esa promesa por el Sr. Garwood. Y esa era una que nunca podría romper.
Capítulo 3
CAPÍTULO 2 MANUAL DE SUPERVIVENCIA DEL COMPRADOR PARA CUBA
Antes de entrar de lleno en mi historia, necesitan saber algo sobre Cuba y sobre los puros cubanos. Para la década de los 90, Cuba ya llevaba más de treinta años bajo un embargo, y tanto los puros como la isla misma se habían convertido en mitos. Yo estaba a punto de descubrir la realidad por mi cuenta y hacer que esta pagara por la vida de mis sueños.
PRIMER VIAJE A CUBA
Un par de amigos y yo organizamos un viaje a La Habana, Cuba, por ahí de 1994. Habíamos reservado un coche de alquiler y suites en la Marina Hemingway. Me emocionaba la idea de ir a La Habana: sabía que sería algo increíble.
Aterrizamos en Cuba alrededor de las 2:00 p. m. Fue como retroceder en el tiempo; era extraño. La gente vestía como en los años cincuenta y setenta, y los carros eran o muy viejos o muy nuevos. Vi coches, camiones y motocicletas rusas por primera vez. No sabía mucho de ellos, pero se veía que no eran de muy buena calidad.
Para mí, llegar a Cuba fue algo surrealista. Lo absorbí todo como un niño en una juguetería por primera vez. En cuanto salimos, experimenté una sensación especial, un calor húmedo que me recordó a mis veranos de joven. Había gente por todos lados y no había orden alguno; solo un mar de personas.
En La Habana, casi todo estaba viejo, ruinoso y subdesarrollado, algo así como los Estados Unidos a principios del siglo XX. El Aeropuerto Internacional José Martí (HAV) era tan pequeño que solo tenía dos terminales: una para vuelos nacionales y la otra para internacionales. No había muchos aviones yendo o viniendo. Las terminales estaban como a una milla de distancia entre sí, a unos veinte minutos del centro de La Habana, y eran rústicas y muy poco desarrolladas. El embargo de los Estados Unidos contra Cuba empezó en 1960, así que, desde los sesenta, los cubanos no recibían mucho de allá, mientras que nosotros en el gabacho estábamos floreciendo. Avanzábamos muy rápido a costa de que Cuba se había quedado estática y retrocediendo. El aeropuerto solo tenía dos bandas para recoger el equipaje. Luego caminabas hacia la salida y había dos letreros: nada que declarar (un letrero verde) o algo que declarar (un letrero rojo).
Al salir del aeropuerto, vi a dos hombres, ambos muy delgados, con ropa que en los Estados Unidos se había extinguido desde los setenta. Me recordaron a la serie de televisión Patrulla Juvenil. Estoy casi seguro de que eran de la policía secreta; hay que recordar que Cuba tuvo influencia rusa durante treinta años. Habían adoptado muchas de las creencias y procedimientos soviéticos.
La Habana tenía muy pocos edificios altos y casi nada de construcciones nuevas; algunas partes parecían abandonadas y devastadas por la guerra. No había casi nada de industria; estaban muy atrasados. Lo único que se les permitía hacer a los cubanos era beber, bailar y coger. Eras libre de hacerlo en cualquier momento, si encontrabas la manera.
Me fijé en dos sujetos que de inmediato me llamaron la atención. Parecían policías encubiertos de narcóticos de Nueva York salidos de una película de los sesenta. Uno llevaba una camiseta de tirantes de dos tonos, beige con bordes cafés. Estaba casi seguro de que a esos tipos los habían mandado para vigilarme. Después de recoger nuestra miniván y a nuestro chofer «gratis», salimos del aeropuerto y nos pusimos en marcha hacia el hotel.
No pasaron ni tres minutos antes de que viéramos a dos jovencitas en sus bicicletas al otro lado de la carretera. Tal como si fuéramos unos sudacas en una escena de Caracortada, nos asomamos por las ventanas y les empezamos a lanzar piropos. Para mi sorpresa, sonrieron y nos saludaron… eso fue todo lo que necesitamos. ¡Todos le gritamos al chofer que diera una vuelta en U y regresara! Lo hizo y las alcanzamos rápido. Fui el primero en bajarme por la puerta corrediza y me llevé otra sorpresa muy agradable. Ella era hermosa, con su cabello rubio arena, chino y a los hombros, ojos azules brillantes, dientes blancos y un bronceado increíble. Llevaba unos shorts de mezclilla recortados y sus piernas eran una maravilla. Para ser sincero, ni siquiera recuerdo cómo era la otra chica, porque quedé deslumbrado.
Al mismo tiempo, Antonio se les fue encima como un buitre, igual que los otros dos sujetos. Quedamos de vernos con ellas en un punto más tarde esa misma noche; lo arreglamos casi todo por medio del chofer, ya que nosotros no sabíamos nada. Acordamos vernos a las 7:00 p. m. Vivían a varios kilómetros de nuestro hotel, que estaba exactamente al otro lado de la ciudad.
Una vez que volvimos a la camioneta, todos estábamos a tope de adrenalina y testosterona. La aventura había comenzado apenas al mediodía de un día entre semana. Mientras circulábamos por «La Habana Vieja», vi la pobreza de verdad. Las otras zonas afuera del aeropuerto eran más bien rurales, con fábricas vetustas y ruinosas y edificios de granjas, pero esto era miseria. Los edificios no habían recibido mantenimiento ni una mano de pintura en años. Había pilas de basura por todos lados y la gente que caminaba por ahí parecía zombi. El chofer sabía a dónde ir y tomó una curva al inicio del Malecón. Vimos muchachas por doquier: negras, blancas, morenas, de todo. Vestían como putas, pero ni siquiera se daban cuenta. De nuevo, todos saltamos fuera y subimos a cuatro chicas a la van. ¡Ya había empezado la fiesta! Ahora sí estábamos listos para hacer el registro en nuestras habitaciones. Las chicas estaban prendidísimas, coqueteando desde el principio y haciéndonos sentir «especiales».
A mí me tocó una chica blanca y delgada que vestía como padrote de los ochenta, y Antonio se quedó con una morena. El asunto arrancó desde el momento en que entramos al cuarto. Antonio y yo compartíamos un bungalow, y los otros dos tenían el suyo. Yo tenía a mi chica en la recámara y Antonio a la suya en el sillón. Ella realmente le estaba echando ganas; me hacía sentir como un campeón, que «papi esto» y «papi lo otro». Me preguntó si yo era de ascendencia cubana porque estaba musculoso y tenía «lavadero». No dejaba de preguntarme todo sobre mi vida y me decía que quería ser mi novia mientras yo estuviera ahí, y que estaba loca por mí. No aceptaba un no por respuesta, pero no estaba interesado. No quería hacerla sentir mal, así que evadí el tema sin más.
Poco después, salimos de la habitación para ir a tomar algo con Antonio y su amiga. Él traía su bolsa de regalitos y la estaba revisando con cuidado para darle un premio. Es un hijo de la chingada de lo más tacaño, y hasta me sentí mal; le habrá dado unos cuatro dólares en puras baratijas.
En un momento en que él y yo nos quedamos solos en el pasillo, me dijo:
—Oye, ¿cómo ves si las intercambiamos?
—No, ni de chiste va a querer —le dije yo—. Está enamorada de mí.
—No, no hay problema —respondió él—. ¡Fue ella la que me preguntó si quería que las intercambiáramos!
¡Ahora el herido era yo!
Esa fue mi primera lección sobre Cuba. Aprendería cosas todo el día, cada día, pero esa fue la primera.
LOS SHORTS DE MEZCLILLA
Para cuando por fin logramos deshacernos de las otras chicas, ya estaba oscureciendo. Con toda la emoción y el alboroto, nos habíamos olvidado por completo de las dos jóvenes que conocimos en las bicicletas cerca del aeropuerto. Además, estábamos muertos de hambre; no habíamos probado bocado desde la comida en el avión hacía horas. Nos subimos a la van para ir a buscarlas, pero para entonces ya llevábamos al menos dos horas de retraso. Afuera parecía boca de lobo, pues en Cuba no hay mucho alumbrado público. Me imaginé que ni de chiste seguirían ahí. Ni siquiera teníamos sus números de teléfono.
Conforme nos acercábamos al punto de encuentro, los faros de la van cortaban la oscuridad. Tomamos una curva cerrada y ahí, bajo un enorme y viejo sauce de raíces que parecían sacadas de un cuento de hadas, estaban las chicas, todavía esperándonos. ¿Se imaginan eso en cualquier otra parte del mundo? Se sentía como haber regresado a los años cincuenta.
Estaban vestidas de gala, se veían íntegras, sexis, y se notaba que se habían esforzado por causar la mejor impresión. Recuerdo que pensé lo dura que debía de ser su vida si estaban dispuestas a esperar tanto tiempo. Dimos la vuelta y nos dirigimos de regreso al hotel.
Esa noche, todos nos amontonamos en nuestro bungalow. Teníamos bebidas y comida que yo mismo había traído. Les ofrecí crema de cacahuate, que nunca habían probado; estaban genuinamente emocionadas de compartir uno de mis alimentos favoritos. Toño les dio a las chicas unos pequeños chocolates Snickers, portándose como si estuviera repartiendo lingotes de oro.
Él empezó a ponerse borracho y un poco machín, esforzándose de más por impresionar a la más guapa, una joven de dieciocho años llamada Diami Rodríguez. Ella era tímida, de voz suave, y todavía conservaba cierta inocencia. Antonio le estaba echando mucha labia, presumiendo como si fuera el mismísimo Donald Trump.
—Soy doctor —decía—. Conozco gente. En mi país, todo depende de a quién conozcas. Voy a tener un consultorio muy exitoso. ¿Te quieres casar conmigo?
Estaba borracho, fanfarrón, y resultaba gracioso, pero sentí lástima por ella. Algo en la forma en que le hablaba me molestaba. Al final, intervine y me la llevé de ahí. Poco después, él se quedó profundamente dormido.
Más tarde, ya pasada la medianoche, me ofrecí a que el chofer la llevara a su casa. En el camino, nos estuvimos besuqueando como un par de adolescentes. Cuando llegamos a su casa, nos abrazamos y nos besamos afuera un buen rato. Me dio el número de teléfono de su vecina, algo muy común en Cuba, y acordamos vernos al día siguiente.
¿La verdad? Yo estaba en las nubes. Fue la única chica en todo mi tiempo en Cuba con la que llegué a sentir algún tipo de conexión emocional. Nunca volvió a pasar. Después de eso, me aseguré de que todo fuera estrictamente físico.
DIAMI
Pasé mucho tiempo con ella en ese viaje. La verdad, no sé ni cómo, considerando que yo andaba fuera a todas horas y casi no estaba en el cuarto a menos que trajera a alguien conmigo. Ella nos acompañaba durante el día, incluso fuimos a los lugares turísticos como El Morro, el antiguo fuerte español construido para repeler a los ingleses.
Una noche fuimos al club nocturno Comodoro, que era el lugar de moda en La Habana en ese entonces. En la pista de baile, ella vio a otra chica y me dijo: «Qué lindos», señalando sus zapatos. No tenían nada de especial, eran unos tenis de tela básicos de Diplomarket que costaban, cuando mucho, unos cuantos dólares. Me preguntó si podía comprarle un par. Ella me daría el dinero; simplemente no la dejaban entrar a la tienda. También quería pelotas de tenis, si era posible. Eso me «rompió» el corazón, de verdad.
Al día siguiente, la llevé allá y me gasté unos cuantos cientos de dólares, mientras una multitud esperaba afuera deseando poder entrar. También le di mi frasco de crema de cacahuate natural; le encantaba, en especial con chocolate. Fue una semana agridulce. Ella era linda, íntegra y auténtica… Pero yo andaba desatado y no estaba para sentar cabeza. Se me pasó por la mente invitarla a México, y se me pasó seguido, pero nunca llegó a más.
La vi solo unas cuantas veces después de eso, en mis siguientes viajes de negocios. Una vez, la llevé a cenar a El Aljibe. En algún momento entre bocado y bocado, me miró y me preguntó si yo era un gánster. Solo sonreí. Iba vestido de forma impecable, traía un Rolex (antes de que me lo robaran) y, por una fracción de segundo, recordé la época en la que realmente lo era.
Esa era otra vida.
Aunque aparecen muchas mujeres en esta historia, siempre estuvieron en segundo plano. Los negocios siempre fueron lo primero y lo más importante en mi vida. No fui a Cuba buscando acostones, pero todos éramos jóvenes y solteros, así que ¡qué demonios! Si nos podíamos divertir, nos divertíamos.
EN MARCHA
Después de estar unos días en La Habana, nos visitaron dos cubanos: uno de ellos era pariente de un médico cubano que vivía en México. Vinieron a recoger una maleta que les habíamos traído y, como hace todo el mundo en Cuba para sobrevivir, intentaron vendernos cosas. Esta vez, se trataba de puros cubanos.
Compré dos cajas: Cohiba Espléndidos y Montecristo n.º 4. En realidad, las compré más por echarles la mano que por otra cosa; no quería simplemente regalarles el dinero. Dos cajas por cincuenta dólares. Eran marcas comunes y populares. Los Cohiba eran de lo mejor, con un valor comercial superior a los quinientos dólares por caja. Pero ¿yo qué sabía? En ese entonces, soltaba el dinero sin más. Fue un regalo... quién me iba a decir lo que vendría después.
Aquellos tipos eran todo un espectáculo: Miguelito, un hombre blanco, bajito y fornido, de un metro sesenta y cinco, con una melena espesa peinada al estilo de John Travolta en Fiebre de sábado por la noche, unos pantalones de vestir oscuros de los años sesenta y una camiseta de tirantes. El otro, Iván, era un negro alto que también vestía como policía de película sesentera. Se parecían a los oficiales que veía cuando era niño. Eran una estampa digna de verse, como salidos de la serie Patrulla Juvenil de los setenta.
En ese momento, aquello no significó gran cosa para mí. No me imaginaba que esa sería otra de esas ocasiones en las que mi destino se ponía en marcha sin que yo tuviera la menor idea de lo que me esperaba. Un acto de bondad y altruismo se convertiría en el inicio de una breve carrera en el contrabando de puros; el principio de mi nueva vida y la piedra angular de la persona en la que me transformaría.
Ese breve encuentro y la simpatía que sentí por aquellos dos tipos pusieron en marcha mi destino. Durante un buen tiempo, ni siquiera les hice caso a esas dos cajas; tan solo las metí en un gabinete y cerré la puerta.
Había algo significativo en esa reunión, algo que se me quedó grabado. Esos cubanos se daban cuenta de lo emocionados que estábamos todos con las «muchachas» y se sintieron obligados a darnos una lección. El negro alto me clavó la mirada y dijo:
—Ten cuidado. —Se pasó la mano lentamente por la cara, de arriba abajo—. Muchas mujeres aquí tienen un rostro hermoso... —luego se llevó la mano al pecho—, pero sus corazones son feos: fríos y malvados.
Lo entendí de inmediato: no te enamores de nadie aquí o te vas a arrepentir.
DE REGRESO A MI VIDA
Cuando volví a casa, seguí levantando el negocio otra vez. En poco tiempo, Cuba ya no era ni un recuerdo; conforme pasaban los días, mi viaje se iba quedando atrás.
Estaba entrenando y manejando boxeadores y, déjenme decirles, eso es una «patada en los huevos». Lidiar con peleadores y entrenadores es como arrear gatos con el ego inflado. Aun así, le estaba talacheando por donde pudiera. Como dije, había empezado a traer equipo de boxeo mexicano —guantes, protectores, todo eso— a los Estados Unidos en mis viajes solo como un jale más, pero que odiaba con todo mi ser.
Yo tenía planes más grandes. Quería convertir mi pequeño gimnasio en algo real, algo fregón y de peso. Pero no tenía el dinero y no pensaba seguir rematando lo poco que me quedaba en la Unión Americana. No quería poner todos los huevos en una canasta rota.
Junto a mi gimnasio había unos cuantos lotes baldíos; no estaban anunciados ni en venta, pero yo los quería todos. Se me ocurrió una forma de conseguir la casa vieja y semiderruida de al lado: convencí al dueño de que me la vendiera en efectivo e incluso le dije que podía demolerla y quedarse con todo: ladrillos, acero, madera, lo que fuera. Aceptó.
Verlo a él y a sus hijos tirar el lugar ladrillo por ladrillo fue algo impresionante. Nada de máquinas; puro trabajo pesado. Rescataron como el ochenta por ciento del material. Eso despejó el espacio. La nueva propiedad medía unos ciento cuarenta metros cuadrados, pero todavía me faltaban otros cuatrocientos sesenta que estaban a un lado. Ya podía verlo en mi cabeza: mi gimnasio ampliado. Tenía la visión, el deseo y la voluntad. Lo que no tenía era capital.
LA PRIMERA DESILUSIÓN
En ese entonces, mi amigo Brett nadaba en dinero y lo desperdiciaba como borracho en día de quincena. Fui a visitarlo. Esto fue antes de que empezara la movida de los puros. Él andaba en las nubes, figuradamente, por la coca. Estaba de muy buen humor, así que le planteé mi plan para el gimnasio. Se emocionó; dijo que tenía noventa mil dólares en efectivo y que estaba buscando dónde invertirlos. Estaba puestísimo.
—¡Tienes que ponerle mi nombre a la cancha de básquet! —me dijo.
Acepté. Brett había bajado conmigo a México un montón de veces. Pensé que el trato ya estaba cerrado. Esa noche me fui a la cama sintiéndome realizado. Por fin estaba pasando. Ya estaba planeando los materiales y la distribución en mi cabeza.
Pero a la mañana siguiente, en cuanto se le pasó el efecto, también se le esfumó la generosidad. Las drogas vuelven inestable a la gente. Mientras «andaba en el avión», estaba más que dispuesto; pero en el bajón, se puso amargado y agresivo. Me cambió la jugada:
—Tú ya tienes una vida y un negocio. ¡Ahora es mi turno!
Me quedé helado. Le rogué, le dije que su dinero estaría más seguro conmigo que en su clóset. Incluso le recordé que, si alguna vez se metía en una bronca legal, yo pondría la casa de mi madre como fianza. No importó. Ya no quiso saber nada.
A los pocos meses, tiró ese mismo dinero en un restaurante. Consiguió unas cuantas comidas gratis, se las dio de muy acá y luego lo perdió todo. Tiempo después me dijo:
—Debí habértelo dado a ti.
«¿Sí?, no me digas», pensé.
LA PROMESA DE LEO
De la nada, recibí una llamada de Leo, otro dealer de Chicago y amigo mío. Me dijo que estaba buscando una casa en Guadalajara, algo especial y a buen precio. Vino a verme poco después. Estábamos en mi azotea contemplando la ciudad y le señalé los lotes de al lado.
—Tú ayúdame a conseguir mi casa y yo te ayudo a conseguir esos —me dijo.
—Hecho.
Incluso di un anticipo por los terrenos. Ahora ya tenía un pie dentro del juego.
Llamé a una conocida que vendía bienes raíces. Se movió rápido y encontró el lugar perfecto: un fraccionamiento privado, vista a la montaña, solo ciento veinticinco mil dólares. Gracias a una devaluación del peso, sus dólares rindieron muchísimo. Pero esto es México, así que, por supuesto, todo se complicó.
El vendedor intentó dejar fuera a la corredora. Ella se puso como loca, lo mandó a la chingada y amenazó con retirarse. Leo estaba deshecho. Yo le dije que se aguantara; me imaginé que el tipo solo estaba jugando sus cartas. Y así era.
Un mes después, el contrato de exclusividad de la agente inmobiliaria venció y sonó el teléfono de mi casa. Era el vendedor:
—Scott, ¿puedes hacer que ese tipo regrese?
Le dije que no estaba seguro.
»Por favor —me suplicó—. Te daré una buena comisión si lo logras.
Llamé a Leo.
—Si haces que esto se concrete —me dijo—, esos lotes son tuyos.
Yo estaba otra vez ilusionado. Le dije que tendría que dar un anticipo para cerrar el trato.
—Hazlo —respondió—. Da por hecho que son tuyos. Tienes mi palabra.
Mi esposa alcanzó a oír y me dijo:
—¿Su palabra? Es mexicano. Eso es un oxímoron.
No le faltaba razón. En México, las promesas son como el humo.
OTRO GOLPE DE REALIDAD
A los pocos días, se cerró el trato. Leo consiguió su casa. Fue a mi gimnasio y subimos a la azotea. Le mostré los lotes de nuevo.
—¿Y yo para qué querría esto? —preguntó.
—No es para ti, es para mí —le dije—. Sabes que te pagaré en cuanto esté bien establecido.
Negó con la cabeza.
—No puedo esperar. Gasté demasiado en la casa.
El vendedor le había sacado hasta los ojos: muebles, coches, la antena y hasta el perro, caray. Para colmo, Leo nunca le dio a mi esposa la comisión que le había prometido. Yo estaba que me llevaba el diablo. Fui a buscar al vendedor y, cuando lo encontré, intentó sacarme la vuelta, pero a mí nadie me evita. Logré que me diera tres mil dólares. No más. No obtuve la ayuda que creí que recibiría.
Me dejaron abajo a última hora dos amigos, y no estaba enojado con ninguno. Entiendo a la gente y entiendo la vida; sabía que tenía que resolverlo por mi cuenta. Pero seguía atado a ese anticipo y, si no conseguía el resto rápido, el vendedor se quedaría con mi dinero y le vendería a alguien más. Mi sueño podía esfumarse.
Ese fue uno de esos momentos de «debería haberme dado cuenta antes». Un recordatorio de que nadie vendrá a salvarme. Siempre ha sido así. Estamos solos. Cada quien tiene sus sueños y debe perseguirlos por su propia cuenta.
Tal vez por eso soy fuerte. Me han fallado más veces de las que puedo contar, pero sigo adelante. Me agüito, claro; me agoto. Pero luego me reinicio. Mi vida nunca ha sido fácil, y vaya que eso te da colmillo.
LA CHISPA
En uno de mis viajes de regreso a Chicago, me quedé en casa de mi amigo Brett. Recuerdo haber aterrizado en el aeropuerto una mañana gélida de invierno, arrastrando por la calle mi enorme, vieja y fea maleta atiborrada de guantes de boxeo. Cuando llegué a la casa de Brett, él seguía durmiendo, así que me puse a dar vueltas por ahí hasta que finalmente salió. Como si fuera una escena de una película vieja, apareció con una bata Versace abierta al frente, presumiendo su pecho lampiño y el peso de una gruesa cadena de oro trenzado. Le encantaba todo lo de marca: ropa, joyas, muebles. Era un snob descarado; exigía solo lo mejor, sin importar el precio.
Lo primero que hizo fue burlarse de mí por andar arrastrando esa maleta monstruosa por todos lados solo para ganarme unos cuantos pesos. Me preguntó cuánto le sacaba a la venta del equipo de box. Le dije que cubría mis viáticos y me dejaba unos quinientos dólares libres. Se volvió a reír y soltó:
—Eso me lo gano yo por minuto.
Él era narcotraficante y adicto. Yo no. Al menos ya no. Aun así, me caló. Tenía razón. No valían ni un comino; casi una pérdida de tiempo. Necesitaba otra cosa.
Vi el periódico de la mañana sobre la mesa, lo tomé y me quedé frío. Envuelto en el interior había un kilo de cocaína. Mi primer instinto fue salir corriendo, pero no tenía dónde más quedarme. Me bajé las mangas para cubrirme las manos, limpié el paquete febrilmente para borrar cualquier huella y lo aventé de nuevo a la mesa. Luego me quedé mirándolo, pensando en cuánta lana Brett ganaba por eso. La oportunidad siempre había estado ahí para mí. Todo lo que tenía que hacer era ceder.
Unas semanas antes, le había dado un regalo a Brett: una caja de veinticinco Cohiba Espléndidos que compré en Cuba en mi primerísimo viaje. Lo mejor de lo mejor. Ahora que estaba de vuelta, me pidió más. Me sorprendió que se le hubieran acabado tan rápido, así que le pregunté si se los había fumado todos.
—No —dijo—. Los vendí. A veinticinco dólares cada uno.
Ahí fue cuando se me prendió el foco. Le pregunté si creía que yo también podría venderlos. Me habló de un tipo llamado Mark Farrow, que andaba de arriba abajo en una motoneta con una mochila llena de puros, surtiendo pedidos todo el día a veinticinco dólares la pieza... con las bolsas retacadas de efectivo.
Me quedé ahí sentado pensando: «¿Por dónde empiezo?». «En la joyería de Howard Frum, ahí mero», concluí. Conocía a Howard desde hacía años. Todo el mundo iba con él, y Howard conocía a todo el mundo.
Me había prometido a mí mismo nunca regresar a la vida de la calle. No era fácil, considerando que había pasado la mayor parte de mi vida siendo un criminal. Dos amigos —ambos narcos— ya me habían negado un préstamo, a pesar de que estaban rayados en feria. Mientras tanto, yo seguía teniendo muy buenos contactos en México. Si hubiera querido, habría podido saltar de vuelta a mi antiguo juego sin problemas. Habría sido pan comido. Pero me negué.
Me había hecho una promesa a mí mismo y, en cierta forma, a mi abogado, Thomas Garwood. Él era una de esas raras personas enviadas a mi vida para salvarme. No solo me defendió; fue más allá de su deber y me arrancó de las garras del sistema judicial de Georgia. Él creía en mí. Confiaba en mí. Sentía una deuda de gratitud abrumadora. No iba a fallarle. Aunque no volviera a verlo nunca, aunque él jamás se enterara de lo que hice o dejé de hacer, las fuerzas que lo enviaron a mi lado lo sabrían. Eso era suficiente.
Así que me mantuve limpio. Tomé el camino correcto.
Pero ¿los puros? Con eso mi conciencia sí podía vivir. Recuerdo haber pensado: «¿A quién demonios le va a importar que alguien venda puros?». Este podía ser mi camino a seguir. No sabía ni un carajo sobre ellos, pero qué más daba, ya aprendería. Y me aventé el tiro.
No me di cuenta en ese momento, pero comprar aquellas dos primeras cajas de puros por lástima fue el punto de inflexión. Luego, enterarme de que Brett las había vendido a veinticinco dólares cada uno —seiscientos veinticinco por una sola caja— terminó de amarrarlo todo. A partir de ese instante, le entré de lleno.
Había decidido que era hora de construir una vida de verdad. Tenía ambiciones y la garra para seguir presionando. Los puros me daban un punto medio: una forma de usar mis contactos, mi ética de trabajo y mi energía para crear la clase de vida que yo quería.
LA COMPRA
Yo era un hombre con una misión y no tenía tiempo que perder. Tan pronto como regresé a México, empecé a preguntar por aquí y por allá hasta que finalmente hice mi primer contacto: Arturo Brigante, un cubano que vivía en México y les vendía puros a empresarios. Se apareció con su ayudante, se portaba como todo un jefe; hizo un par de gestos rápidos y el muchacho salió hacia el coche. Al cabo de unos segundos regresó con dos maletas retacadas de habanos.
No se engañen: no fue fácil dar con él. Fue todo un proceso. Contacté a muchísima gente antes de que alguien por fin me diera razón de él. Al principio no era más que un mito, un rumor, pero muy pronto logré rastrearlo. Era perfecto para el papel —el vendedor de puros cubanos—, como si lo hubieran elegido en un casting. ¿Y yo? Un exconvicto con la dosis exacta de agallas para interpretar mi parte. Todo el asunto estaba empezando a cobrar forma.
Lo único que tenía en ese momento eran una decisión y cuatro mil cuatrocientos dólares en efectivo. Le compré cuarenta cajas a Arturo a ciento diez dólares cada una. Estaba dispuesto a arriesgarme. Ese fue el comienzo de todo.
Llevaba apenas unos días de vuelta en México, pero ya se sentía como una eternidad. El jueves hice mi primera compra. Para el sábado en la mañana, ya estaba en un coche rumbo a la frontera con Estados Unidos, por Laredo. Conmigo venían dos amigos: mi buen cuate Antonio (nos fuimos en su coche) y Óscar, que era todo un personaje.
Yo no sabía nada de puros. Nada. Mis únicas referencias eran un ejemplar reciente de la revista Cigar Aficionado y el viejo recuerdo de mi tío Joe, que parecía gánster italiano y no soltó el puro de la boca hasta el día en que se murió. Nada de eso importaba. Era todo o nada, y me aventé al ruedo.


